Ver para creer: Mexican movie poster art from the Golden Age



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Este artículo, escrito por Rogelio Agrasánchez Jr, fue originalmente publicado en el libro Cine Mexicano, coordinado por Jorge Alberto Lozoya y publicado con el patrocinio del museo Marco, Cemex, CONACULTA-IMCINE y Lunwerg Editores.



Toneladas de papel impreso inundaban las salas de cine previamente al estreno de una película, ya fuera extranjera o nacional. Aún antes de pagar la entrada, el público tenía el privilegio de imaginar la historia del filme con sólo echar una mirada a los carteles, fotografías y anuncios espectaculares. La propaganda resaltaba a las estrellas del momento en sus poses típicas y provocativas, invitando al espectador a enterarse de las vicisitudes de tal o cual melodrama. Igualmente, ver dibujada la imagen familiar de un cómico era ya divertirse antes de ver la película. Así pues, la ilusión de ir al cine iba acompañada del obsequio de las imágenes publicitarias, prólogo obligado que presagiaba momentos de emoción y jolgorio.

 

La época más sólida en la exhibición de cine mexicano duró unos cuarenta años, de 1936 hasta finales de los setenta. Las más de tres mil películas nacionales de este periodo se estrenaron en todas las poblaciones del país y en el extranjero; en cualquier lugar donde la gente hablara español. El idioma compartido sentaba las bases para el consumo casi universal del producto mexicano, en un momento en que coincidían las masas analfabetas y la ausencia de aparatos de televisor. La competencia de las películas habladas en otros idiomas era de tomarse en cuenta, por ello se reglamentó en México que no fueran dobladas al español. El éxito de los filmes caseros se vio acrecentado durante la segunda guerra mundial, cuando el empuje de Hollywood estaba totalmente ocupado en los asuntos bélicos. México exportaba sus cintas a todo Latinoamérica y se convertía de este modo en la Meca del cine hispanoamericano.

 

Una multitud de artistas de todo tipo se refugiaron en el país en esos años de guerra. Entre los españoles venían especialistas en artes visuales, como los pintores y cartelistas José y Juanino Renau, Francisco Rivero Gil, José Espert y otros. De inmediato se aplicaron al diseño de propaganda cinematográfica, compitiendo con dibujantes nacionales que dominaban ya el oficio, como Ernesto García Cabral, Antonio Vargas, Leopoldo Mendoza, Carlos de la Vega y muchos más. Todos ellos formaban parte de la Sección 46 del STIC (Sindicato de Trabajadores de la Industria Cinematográfica), que agrupaba a los publicistas, redactores, dibujantes, cartelistas y caricaturistas.

 

               

 

El proceso para hacer un cartel publicitario era el siguiente. Primero, el productor de la película pedía a la agencia especializada, Ars-Una, un boceto hecho a base de las imágenes fotográficas y texto que él mismo proveía. Se contrataba entonces al cartelista para ejecutar la tarea, que tomaba normalmente entre una y dos semanas. Al aprobarse el diseño, se mandaba imprimir el cartel en tirajes de dos a tres mil ejemplares. Los artistas tenían cierta libertad en la configuración de la publicidad, pero siempre se apegaban a las instrucciones de los productores. Muchos diseños que destacaron por su originalidad y buen gusto, pertenecen a la década de los cuarenta y principios de los cincuenta. Estos ejemplos de publicidad cinematográfica siguen seduciendo a un número creciente de coleccionistas de las artes visuales.

 

A la fecha se han rescatado suficientes ejemplares de carteles, lo que permite una valoración histórica y estética de la propaganda de cine. Gracias a los libros y revistas que los reproducen y, más recientemente, a Internet, el público comienza a familiarizarse con el arte del cartel de cine mexicano. Existe ahora una creciente afición por coleccionar estos impresos. Además se van conociendo mejor a los maestros del pincel y el lápiz: esos ignorados artistas que trabajaron incansablemente en el restirador para plasmar ideas gráficas capaces de atraer la mirada del transeúnte. Puede comprobarse el impacto de sus obras echando una mirada a algunos carteles esenciales.

 

Empezaremos con el género por excelencia del cine mexicano: la comedia ranchera. A mediados del siglo pasado, la mayoría de los habitantes del país vivía en pueblos y rancherías. A este público, principalmente, iban dirigidas las películas de charros. La vida de la gente de campo quedó codificada en la propaganda de cine, como en el afiche de Albur de amor que muestra al sonriente Pedro Armendáriz sosteniendo en las manos a su gallo de pelea. Otro ejemplo es el de Los tres García, donde el artista se las ingenió para que lucieran por igual las figuras de Pedro Infante, Abel Salazar, Victor Manuel Mendoza y Sara García. Contrastan con este festivo cartel los diseños para otras comedias rurales. En el caso de Cartas marcadas la expresión severa de Pedro Infante sugiere algun tipo de conflicto con la heroína del filme, Marga López. El autor de este dibujo, el español José Renau, invariablemente escogía el momento dramático para sintetizar la historia de un filme. Este dramatismo es evidente en su cartel para la película Si Adelita se fuera con otro. Las imágenes de Jorge Negrete y Gloria Marín tienen como fondo la silueta descomunal del héroe revolucionario, Francisco Villa. Los colores estridentes de dicho póster tienen un impacto visual inmediato.

 

Los cómicos del momento inspiraron a varios caricaturistas de fama internacional. La comedia Romeo y Julieta fue acompañada de un póster clásico hecho por Antonio Arias Bernal. En él vemos a Cantinflas graciosamente vestido a la usanza antigua, perdiendo el equilibrio por motivos del amor. Asimismo, Germán Valdés Tin Tan fue objeto de obras gráficas inolvidables debidas al lápiz de Ernesto García Cabral. El Chango Cabral retrató al pachuco en más una docena de pósters, entre los que destaca el de Ay amor, cómo me has puesto. La fama adquirida por Tin Tan hacía innecesario deletrear su nombre en la propaganda de este filme. El cartel es de una simpleza genial: el rostro enamorado del cómico, sus manos deshojando una margarita y la típica paloma mensajera alzando el vuelo.

 


Hay que recordar que el cine mexicano de esa época estaba dirigido a un público de gustos sencillos. Esto quedaba claro para productores como Juan Orol, quien triunfó en el cine de género. Además de ser el productor, Orol escribía, dirigía y actuaba el rol principal de casi todas sus películas. Su efigie quedó grabada en varios carteles sensacionalistas, como los que anunciaban Cabaret Shanghai y El reino de los gangsters.

 

Lugar especial ocupan las populares cintas de cabareteras, en las que el espectador vivía durante dos horas las desventuras de alguna pobre mujer dada al vicio. Para los cartelistas era imprecindible hacer resaltar los encantos físicos de estas protagonistas. Un buen ejemplo de ello es el dibujo de la despampanante Miroslava, que se reclina sobre un timón de barco para dar el toque sensual a El puerto de los 7 vicios. La propaganda de Esposas infieles seguramente sedujo a los jóvenes y escandalizó a los puritanos, quienes contemplaban de reojo la atrevida silueta de Kitty de Hoyos afuera de los cines. Quizá se llegó al límite del atrevimiento en Casa de perdición, donde el ojo puede adivinar fácilmente la desnudez de María Antonieta Pons.

 

 

En la valoración estética de la publicidad no debemos ser influidos por la supuesta calidad de un filme o la falta de ésta. En todos los casos la imagen impresa en papel habla por sí misma y es independiente del juicio sobre determinada película. Hay carteles buenos para modestas producciones y, viceversa, diseños muy pobres para películas ambiciosas. No por tratarse de una cinta, digamos, de Luis Buñuel, el cartel iba a destacar por su buena hechura. De todas formas, quedaron muestras gráficas excelentes para cintas como Abismos de pasión, La ilusión viaja en tranvía y Susana, las tres dirigidas por Buñuel. Caso raro es el de Susana, para el que se hicieron carteles en formato horizontal. Quizá sea este uno de los afiches más sensuales en que se ve la imagen de Rosita Quintana.

 

Vayamos ahora a los cines de barrio, donde se exhibían con gran éxito las películas de terror y fantasía. En ellas, los monstruos y seres de ultratumba que tanto atraían al público infantil, eran vencidos por las fuerzas del bien; es decir, por los héroes enmascarados. El Santo, estrella de la lucha libre y las cintas de acción, desafió al máximo la imaginación de los publicistas. Para sus películas se hicieron infinidad de carteles, mostrando al Enmascarado de Plata en los trances más inverosímiles y peligrosos. Compruébese esto en la propaganda para Santo vs. la invasión de los marcianos, trabajo del dibujante Leopoldo Mendoza que traspasa las fronteras de lo real y nos da una muestra de la mejor ciencia ficción hecha en casa. Tanto la película como el póster siguen siendo objeto de culto entre los fanáticos de este cine.

 

Otra imagen visual del género fantástico que se nos antoja inmejorable es el cartel de La momia azteca vs. el robot humano. La película de 1957, producida por Guillermo Calderón, dio pretexto para que el cine resucitara momias prehispánicas en una serie de filmes de bajo presupuesto y altos ingresos en la taquilla. También digno de figurar en una antología de criaturas bizarras es El barón del terror, filme del actor y productor Abel Salazar. Este póster ha dejado boquiabierto a más de un espectador, pues exhibe a una pavorosa bestia perforando el cráneo de sus víctimas para luego chuparles el cerebro.

 

Lo increíble del cine mexicano de terror es que también cautivó a las multitudes más allá de nuestras fronteras. Prueba de ello es la producción casi constante de estas cintas y la enorme variedad de imágenes publicitarias. Carteles como Santo en el museo de cera, La maldición de la Llorona o El planeta de las mujeres invasoras tipifican el auge del género en los años sesenta. Muchas de estas películas se doblaron al inglés y otros idiomas para dar la vuelta al mundo y asombrar a más de un espectador. Su distribución requirió propaganda impresa hecha por cada país.

 

               

En suma, el esfuerzo de toda campaña publicitaria de cine iba dirigido a impactar al espectador por medio de imágenes visuales y textuales. En esta estrategia el lugar central lo ocupaban los carteles. Hubo muchos artistas talentosos al servicio de la propaganda cinematográfica mexicana; todos ellos se esmeraron por sintetizar el mensaje de la obra fílmica siguiendo las instrucciones del productor y añadiendo su particular sentir. El rescate de la obra cartelística del cine clásico mexicano ha resurgido a últimas fechas. La difusión de estas imágenes a través de libros, revistas, sitios en Internet o exposiciones en museos, ha dado al cartel mexicano el lugar que merece dentro de las artes visuales. No cabe duda, los ejemplos que hemos mencionado de arte publicitario cinematográfico siguen provocando admiración y fuertes emociones en el público.


Rogelio Agrasánchez, Jr. ©

Marzo de 2006